Ethan Mollick, de la Wharton School de la Universidad de Pensilvania, señalo un estudio en su boletín de Substack [i] que contiene la predicción agregada de 2,778 investigadores que han presentado su trabajo en publicaciones y conferencias de alto nivel sobre IA. En ella se puede leer lo siguiente: «Si la ciencia sigue sin interrupciones, la probabilidad de que las máquinas no asistidas superen a los humanos en todas las tareas posibles se estimó en un 10% para 2027 y un 50% para 2047»[ii]. Si aún no te asusta la inteligencia artificial, tal vez deberías pensarlo mejor.

La inteligencia artificial (IA) se ha posicionado como una de las innovaciones más prometedoras y discutidas de nuestro tiempo. Desde los centros vitales de la tecnología como San Francisco, donde las grandes corporaciones invierten cifras astronómicas en investigación y desarrollo, hasta las mesas de discusión en los bares locales, la expectativa por su potencial transformador está en su punto más alto. Las cinco gigantes tecnológicas —Alphabet, Amazon, Apple, Meta y Microsoft— destinan en conjunto más de 400,000 millones de dólares anuales a la creación de hardware, software y sistemas basados en IA[iii]. La «narrativa predominante» asegura que estamos en la antesala de un cambio económico y social de proporciones históricas, impulsado por una tecnología que promete aumentar la productividad y redefinir sectores enteros de la economía.

Sin embargo, cuando se contrasta esta promesa con la realidad, surgen dudas sobre la magnitud y velocidad del impacto de la IA. Aunque algunas empresas han empezado a utilizar herramientas avanzadas de IA generativa, su incorporación generalizada en los procesos productivos sigue siendo incipiente. De acuerdo con estudios recientes, menos del 10% de las empresas globales han integrado IA de manera significativa en sus operaciones, y solo una pequeña fracción de estas ha visto resultados transformadores. Incluso en economías avanzadas como Estados Unidos, Canadá y el Reino Unido, donde las encuestas muestran un uso moderadamente más alto, la adopción ha sido más simbólica que sustancial.

En términos empresariales, el problema no es solo la falta de integración, sino también la complejidad inherente a la implementación. Muchas organizaciones enfrentan lo que se ha denominado «pilotitis», una proliferación de proyectos piloto de IA que, si bien demuestran potencial, no logran traducirse en estrategias escalables. Además, las preocupaciones relacionadas con la seguridad de los datos, el sesgo algorítmico y la rápida obsolescencia tecnológica desincentivan la inversión masiva en IA. Ejemplos como el fallido experimento de McDonald’s con sistemas de IA en sus autoservicios, donde se cometieron errores costosos y se generaron experiencias frustrantes para los clientes, ilustran los desafíos prácticos que enfrentan las empresas al intentar adoptar esta tecnología[iv].

Por otra parte, aunque existen historias de éxito puntuales que destacan la capacidad de la IA para optimizar tareas específicas, estos avances no han logrado generar un impacto económico a gran escala. Empresas como ADP, Verizon y Starbucks han utilizado IA para mejorar la atención al cliente y personalizar sus servicios, pero estos esfuerzos son percibidos por muchos como incrementales más que revolucionarios. Incluso índices diseñados para identificar empresas con alto potencial de transformación gracias a la IA muestran resultados poco alentadores, sin superar significativamente el rendimiento del mercado general. Esto sugiere que, para los inversores, la IA sigue siendo una promesa incierta en términos de rentabilidad.

A nivel macroeconómico, el impacto de la IA es igualmente difícil de detectar. Aunque algunos analistas predicen que esta tecnología eventualmente cambiará radicalmente la productividad y los mercados laborales, los datos actuales no respaldan tales afirmaciones. El desempleo en las economías desarrolladas permanece cerca de mínimos históricos, y no hay indicios claros de un aumento sostenido en la productividad que pueda atribuirse a la adopción de la IA. Esto contrasta con las advertencias de instituciones como el FMI, que han señalado a la IA como un potencial «tsunami» para el empleo y la economía global.

El panorama general plantea preguntas fundamentales: ¿estamos ante una revolución tecnológica que simplemente requiere más tiempo para materializarse, o las expectativas han sido desproporcionadas en relación con su impacto real? La historia sugiere que muchas tecnologías transformadoras, desde la electricidad hasta Internet, tardaron décadas en desplegar todo su potencial económico. Tal vez la IA no sea la excepción. Sin embargo, también es posible que la reticencia empresarial, combinada con las barreras tecnológicas y regulatorias, limite la capacidad de esta tecnología para cumplir sus ambiciosas promesas.

AUTOMATIZACIÓN VS. AMPLIACIÓN: DOS CARAS DE LA IA

En 1950, Alan Turing, matemático inglés conocido por descifrar códigos durante la Segunda Guerra Mundial, propuso un experimento que revolucionaría nuestra visión de las máquinas inteligentes. Este «juego de imitación» buscaba determinar si una máquina podía responder como un ser humano de forma indistinguible. Desde entonces, alcanzar una inteligencia comparable a la humana ha sido el objetivo implícito o explícito de innumerables investigadores y emprendedores.

La fascinación por construir seres artificiales, sin embargo, no es nueva. A lo largo de la historia, diversas culturas imaginaron máquinas humanoides:

  • Dédalo, el legendario inventor griego, creó estatuas tan realistas que parecían cobrar vida.
  • En la antigua China, el hombre de cuero de Yanshi, descrito en el texto Liezi, representaba un prototipo de figura humanoide.
  • En la mitología griega, Talos, un gigante de bronce, protegía la isla de Creta.
  • En la tradición nórdica, Mokkerkalfe, un guerrero de arcilla, fue diseñado para luchar en batallas.

El término «robot» no aparecería hasta 1920, cuando Karel Čapek, dramaturgo checo, introdujo la palabra en su obra Rossum’s Universal Robots. Derivada del término checo «robota», que significa «trabajo» o «servicio», esta noción marcó el inicio de la era moderna de los autómatas.

La prueba de Turing, con su enfoque en simular el comportamiento humano, guio a la inteligencia artificial hacia un objetivo que algunos consideran limitado. Brynjolfsson, profesor en Stanford, lo describe como la «trampa de Turing»: un paradigma que prioriza la imitación de capacidades humanas sobre el desarrollo de herramientas que amplíen dichas capacidades.

Este enfoque contrasta con otras innovaciones. Por ejemplo, Henry Ford no intentó construir un automóvil que caminara como un humano, sino que diseñó una máquina que ampliara nuestras posibilidades de transporte. De manera similar, economistas como Daron Acemoglu, del MIT, y Pascual Restrepo, de la Universidad de Boston, critican las «tecnologías mediocres», aquellas que reemplazan a los trabajadores sin aportar aumentos significativos en productividad, como los quioscos de autopago.

La inteligencia artificial similar a la humana (HLAI, por sus siglas en inglés[v]) promete beneficios como un incremento drástico en la productividad, más tiempo de ocio y una mejor comprensión de nuestras propias mentes. Sin embargo, concentrar los esfuerzos exclusivamente en esta vertiente puede generar riesgos económicos y políticos. A medida que las máquinas sustituyen el trabajo humano, los trabajadores pierden poder de negociación, dejando el control del valor generado en manos de unos pocos.

Por el contrario, una IA diseñada para ampliar las capacidades humanas permite conservar el poder de negociación y fomenta la creación de nuevas oportunidades, productos y servicios. Este enfoque no solo genera más valor económico, sino que también promueve un desarrollo tecnológico más equilibrado y beneficioso.

Aunque ambas formas de IA tienen su utilidad, la automatización sigue siendo el objetivo prioritario de muchos tecnólogos, ejecutivos y legisladores. Este desequilibrio plantea la necesidad de reflexionar sobre qué tipo de futuro queremos construir con estas herramientas poderosas.

HLAI Y LA REDEFINICIÓN DEL PODER ECONÓMICO Y POLÍTICO



Echemos un vistazo más detallado a cómo la HLAI podría llevar a un reajuste del poder económico y político.

El impacto de la IA en la distribución del poder económico depende de su propósito principal: ¿ampliar las capacidades humanas o automatizarlas y reemplazarlas? Cuando la IA se utiliza para ampliar las capacidades humanas, permite a las personas realizar tareas que antes eran imposibles. En este modelo, humanos y máquinas trabajan como complementos. La complementariedad implica que las personas siguen siendo indispensables para la creación de valor y retienen poder de negociación en los mercados laborales y en la toma de decisiones políticas.

Por el contrario, cuando la IA replica y automatiza las capacidades humanas existentes, las máquinas se convierten en mejores sustitutos del trabajo humano y los trabajadores pierden poder de negociación económica y política. Los emprendedores y ejecutivos que tienen acceso a máquinas con capacidades que replican las de los humanos para una tarea dada pueden, y seguramente lo harán, reemplazar a los humanos en esas tareas.

Una economía completamente automatizada podría, en teoría, redistribuir los beneficios de manera equitativa. Esto incluiría a quienes ya no son esenciales para la creación de valor. Sin embargo, los beneficiarios estarían en una posición de negociación débil para evitar un cambio en la distribución que los dejara con poco o nada. Dependerían precariamente de las decisiones de quienes controlan la tecnología. Esto abre la puerta a una mayor concentración de riqueza y poder.

La HLAI que prioriza la automatización por encima de la ampliación del trabajo humano puede llevar a una peligrosa concentración de riqueza y poder, un fenómeno conocido como la «Trampa de Turing». Y con esa concentración viene el peligro de quedar atrapados en un equilibrio en el que quienes no tienen poder no tienen forma de mejorar sus resultados.

El gran desafío de la era venidera será cosechar los beneficios sin precedentes de la IA, incluidas sus manifestaciones similares a las humanas, mientras se evita la Trampa de Turing. Tener éxito en esta tarea requiere comprender cómo el progreso tecnológico afecta la productividad y la desigualdad, por qué la Trampa de Turing resulta tan tentadora para diferentes grupos y una visión de cómo podemos hacerlo mejor.

El pionero de la IA, Nils John Nilsson (1933–2019)[vi], señaló que «lograr una IA real a nivel humano implicaría necesariamente que la mayoría de las tareas que los humanos realizan para ganarse la vida podrían ser automatizadas». Asimismo, pidió un esfuerzo enfocado en crear tales máquinas, escribiendo que «lograr una IA a nivel humano o “IA fuerte”  sigue siendo el objetivo final para algunos investigadores» y contrastó esto con la “IA débil”, que busca «construir máquinas que ayuden a los humanos». No sorprende que, dadas estas denominaciones, el trabajo hacia la «IA fuerte» haya atraído a muchas de las mentes más brillantes en la búsqueda de, implícita o explícitamente, automatizar completamente el trabajo humano, en lugar de asistirlo o ampliarlo. Para los propósitos de este ensayo, en lugar de hablar de «IA fuerte»[vii] versus «IA débil», usemos los términos «automatización» versus «ampliación».

Tanto la automatización como la ampliación pueden aumentar la productividad laboral, es decir, la relación entre el valor añadido generado y las horas de trabajo. A medida que la productividad aumenta, también lo hacen los ingresos promedio y los niveles de vida, así como nuestra capacidad para abordar desafíos como el cambio climático, la pobreza, la atención médica y la longevidad. Matemáticamente, si el trabajo humano necesario para un resultado dado se reduce a cero, la productividad laboral crecería infinitamente.

La mala noticia es que ninguna ley económica garantiza que todos compartan equitativamente esta creciente riqueza. Aunque los modelos pioneros de crecimiento económico asumieron que el cambio tecnológico era neutral, en la práctica, el cambio tecnológico puede ayudar o perjudicar de manera desproporcionada a ciertos grupos, incluso si en promedio resulta beneficioso.

En particular, la forma en que se distribuyen los beneficios de la tecnología depende en gran medida de cómo se implemente la tecnología y de las reglas y normas económicas que gobiernan la asignación de bienes, servicios e ingresos. La automatización del trabajo humano disminuye el valor marginal de las aportaciones laborales, concentrando las ganancias en los propietarios, innovadores y creadores de estas tecnologías. Por el contrario, cuando las tecnologías amplían las capacidades humanas, una mayor proporción de las ganancias va a los trabajadores humanos.

Un error común es asumir que todas o la mayoría de las innovaciones que mejoran la productividad pertenecen a la primera categoría: la automatización. Por el contrario, la segunda categoría, la ampliación, ha sido mucho más importante a lo largo de la mayor parte de los últimos dos siglos. Una métrica de esto es el valor económico de una hora de trabajo humano. Su precio de mercado, medido por los salarios medianos, ha aumentado más de diez veces desde 1820. Un emprendedor está dispuesto a pagar mucho más por un trabajador cuyas capacidades son amplificadas por una excavadora que por uno que solo puede trabajar con una pala, y mucho menos con las manos desnudas.

En muchos casos, con la introducción de nuevas tecnologías no solo aumentan los salarios, sino también el empleo. Con la invención de los motores a reacción, la productividad de los pilotos (medida en millas de pasajeros por hora de vuelo) creció enormemente. En lugar de reducir el número de pilotos empleados, la tecnología impulsó tanto la demanda de viajes aéreos que el número de pilotos aumentó. Aunque este patrón resulta alentador, el desempeño pasado no garantiza resultados futuros. Las tecnologías modernas, y más aun las que están en desarrollo, son diferentes de las que fueron importantes en el pasado.

En los últimos años, hemos visto crecientes evidencias de que no solo está disminuyendo la participación laboral en la economía, sino que incluso entre los trabajadores, algunos grupos están quedándose aún más rezagados[viii]. En los últimos cuarenta años, el número de millonarios y multimillonarios ha crecido, pero los salarios reales promedio de los trabajadores menos educados han disminuido. Aunque muchos fenómenos han contribuido a esto, incluidos los nuevos patrones de comercio global, los cambios en la implementación tecnológica son la mayor explicación.

Si el capital en forma de IA puede realizar más tareas, aquellos con activos, talentos o habilidades únicas que no son fácilmente reemplazables por tecnología tienden a beneficiarse desproporcionadamente. El resultado ha sido una mayor concentración de la riqueza.

En última instancia, un enfoque en una IA más parecida a los humanos puede convertir a la tecnología en un mejor sustituto para los muchos trabajadores que no son «estrellas», reduciendo sus salarios de mercado, incluso mientras amplifica el poder de mercado de unos pocos. Esto ha generado un temor creciente de que los avances en IA y tecnologías relacionadas conduzcan a una clase en auge de «personas desempleables» o de «producto marginal cero».

Un mercado sin restricciones probablemente creará incentivos sociales excesivos para innovaciones que automatizan el trabajo humano y pocos incentivos para tecnologías que amplían las capacidades humanas.

El primer teorema fundamental del bienestar económico establece que, bajo ciertas condiciones ideales, como competencia perfecta, información completa y ausencia de externalidades, los mercados pueden alcanzar una asignación de recursos que sea eficiente en el sentido de Pareto. En este contexto, las empresas, al maximizar sus ganancias, contribuyen indirectamente al bienestar económico general.

Sin embargo, en mercados reales, donde las condiciones ideales rara vez se cumplen, las empresas tienden a enfocar sus esfuerzos en innovaciones que maximizan sus beneficios. Este comportamiento puede generar resultados que no siempre son eficientes desde el punto de vista social, especialmente en presencia de externalidades o fallas de mercado. Por ejemplo, las empresas pueden priorizar innovaciones que generen beneficios privados pero ignoren costos sociales (como la contaminación) o subinvertir en innovaciones con beneficios colectivos (como las tecnologías limpias o la investigación básica).

En consecuencia, la relación entre maximización de ganancias, innovación y bienestar social depende no solo de las características del mercado, sino también de las regulaciones e incentivos diseñados para corregir fallas y alinear los intereses privados con el bienestar público.

Esto a menudo implica que los empresarios invierten en tecnologías que automatizan el trabajo humano (reemplazando trabajadores por máquinas) porque estas tecnologías reducen costos y aumentan la productividad. Sin embargo, este enfoque puede dejar de lado tecnologías que amplíen las capacidades humanas, como herramientas o soluciones que hagan a las personas más productivas o creativas, porque estas suelen ofrecer un menor retorno financiero inmediato.

Es decir, en el mundo real, el resultado no se cumple cuando hay innovaciones que cambian drásticamente cómo y qué producimos o cuando existen externalidades, es decir, efectos secundarios que afectan a personas no involucradas directamente en el mercado (como la contaminación).

Por ejemplo, si una empresa puede decidir reemplazar a trabajadores con robots para ensamblar automóviles, aumentando la producción y reduciendo costos. Aunque esto beneficia a los dueños y a los consumidores (por precios más bajos), los trabajadores despedidos enfrentan dificultades económicas, y no hay incentivos para crear tecnologías que los hagan más productivos en lugar de reemplazarlos. Asimismo, en un mercado con regulaciones podría incentivar el desarrollo de aplicaciones que ayuden a los maestros a enseñar mejor (ampliando capacidades humanas); sin regulaciones, las empresas pueden preferir tecnologías que reduzcan la necesidad de maestros, como plataformas completamente automatizadas, sin considerar el valor social de la interacción humana en la educación (este ejemplo ya se verificó en la realidad durante el periodo 2020-2022). Finalmente, supongamos que una empresa desarrolla tecnología para extraer petróleo más rápido y barato, ignorando las externalidades como el daño ambiental; si el mercado no considera estos efectos negativos, la sociedad en su conjunto puede terminar peor, incluso si la empresa y sus clientes inmediatos se benefician.

Tanto las innovaciones como las externalidades son de importancia central para los efectos económicos de la IA, ya que ésta no solo es una innovación en sí misma, sino también una que desencadena cascadas de innovaciones complementarias, desde nuevos productos hasta nuevos sistemas de producción. Además, los efectos de la IA, particularmente en el trabajo, están llenos de externalidades. Cuando un trabajador pierde oportunidades de generar ingresos laborales, los costos van más allá del recién desempleado para afectar a muchos otros en su comunidad y en la sociedad en general. Con la desaparición de oportunidades, a menudo vienen los «caballos oscuros» del alcoholismo, el crimen y el abuso de opioides. Recientemente, Estados Unidos ha experimentado el primer descenso en la esperanza de vida en su historia registrada, resultado del aumento de muertes por suicidio, sobredosis de drogas y alcoholismo, lo que los economistas Anne Case y Angus Deaton llaman «muertes por desesperación»[ix].

Esta espiral de marginación puede crecer porque la concentración de poder económico a menudo genera concentración de poder político. En palabras atribuidas a Louis Dembitz Brandeis (1856–1941): «Podemos tener democracia o podemos tener riqueza concentrada en manos de unos pocos, pero no podemos tener ambas»[x].

Por el contrario, cuando los humanos son indispensables para la creación de valor, el poder económico tiende a ser más descentralizado. Históricamente, la mayor parte del conocimiento económicamente valioso —lo que el economista Simon Kuznets llamó «conocimiento útil»[xi]— residía dentro de los cerebros humanos. Pero ningún cerebro humano puede contener ni una pequeña fracción del conocimiento útil necesario para dirigir siquiera un negocio mediano, y mucho menos una industria o economía completa, por lo que el conocimiento tenía que ser distribuido y descentralizado. La descentralización del conocimiento útil, a su vez, descentraliza el poder económico y político.

A diferencia de los activos no humanos, como la propiedad y la maquinaria, gran parte del conocimiento de una persona es inalienable, tanto en el sentido práctico de que ninguna persona puede saber todo lo que otra sabe, como en el sentido legal de que su propiedad no puede ser transferida legalmente.

En contraste, cuando el conocimiento se codifica y digitaliza, puede ser poseído, transferido y concentrado con mucha facilidad. Así, cuando el conocimiento pasa de los humanos a las máquinas, se abre la posibilidad de una concentración de poder.

Cuando los historiadores miren hacia las dos primeras décadas del siglo XXI, notarán el sorprendente crecimiento en la digitalización y codificación de información y conocimiento. Paralelamente, los modelos de aprendizaje automático se están haciendo más grandes, con cientos de miles de millones de parámetros, utilizando más datos y obteniendo resultados más precisos.

De manera más formal, la teoría de los contratos incompletos muestra cómo la propiedad de activos clave proporciona poder de negociación en las relaciones entre agentes económicos (como empleadores y empleados, o propietarios de negocios y subcontratistas). En la medida en que una persona controla un activo indispensable (como el conocimiento útil) necesario para crear y entregar los productos y servicios de una empresa, esa persona puede exigir no solo un ingreso más alto, sino también una voz en la toma de decisiones. Cuando el conocimiento útil está inalienablemente bloqueado en los cerebros humanos, también lo está el poder que confiere. Pero cuando se vuelve alienable (es decir que puede ser transferido, cedido o vendido de una persona a otra), permite una mayor concentración del poder y la toma de decisiones.


LAS FUERZAS DETRÁS DE LA AUTOMATIZACIÓN


Los riesgos de la Trampa de Turing se amplifican debido a la atracción que ejerce sobre tres grupos clave: tecnólogos, empresarios y legisladores.

En primer lugar, los tecnólogos han buscado replicar la inteligencia humana durante décadas, enfrentándose al desafío constante de superar las limitaciones de las computadoras. La invención del «cerebro electrónico» marcó un punto de inflexión en esta búsqueda, alimentando un debate constante entre tecnólogos y filósofos humanistas. Estos últimos han identificado una lista de capacidades humanas, tanto cotidianas como complejas, que las máquinas no podían emular. Entre estas, mencionaron jugar a las damas, dominar el ajedrez, leer textos impresos, reconocer el habla, traducir idiomas, distinguir imágenes, subir escaleras, ganar en Jeopardy! o Go, escribir poemas, entre otras.

Diseñar desafíos tecnológicos útiles y alcanzables no es una tarea sencilla. En lugar de perseguir metas que ni los humanos ni las máquinas hayan logrado, muchos equipos de investigación optan por crear máquinas que repliquen capacidades humanas ya existentes. Este enfoque tiene la ventaja de ser comprobable y demostrar que dichas tareas son viables y útiles.

Sin embargo, la visión predominante entre los tecnólogos ha carecido de ambición. Sorprendentemente, es más fácil para una máquina superar a los humanos en dominios completamente nuevos que igualarlos en tareas cotidianas. Los humanos, tras millones de años de evolución, han desarrollado habilidades como consolar a un bebé, navegar por un bosque lleno de obstáculos o arrancar el arándano más maduro de un arbusto, hazañas que resultan extremadamente complejas, si no imposibles, para las máquinas actuales. Por otro lado, las máquinas sobresalen en tareas como interpretar radiografías, grabar millones de transistores en un fragmento de silicio o analizar miles de millones de páginas web en busca de información relevante. Si los ingenieros del pasado se hubieran limitado a replicar únicamente las capacidades humanas, nuestra tecnología sería hoy mucho más limitada.

Ampliar las capacidades humanas mediante la tecnología abre un horizonte infinito de habilidades y oportunidades. El conjunto de tareas que los humanos y las máquinas pueden realizar juntos es inmensamente superior a lo que los humanos pueden lograr por sí solos. Las máquinas, con su capacidad para percibir lo imperceptible, actuar de formas inalcanzables para los humanos y comprender lo que excede los límites del cerebro humano, demuestran que el verdadero potencial radica en la colaboración entre ambos.

En segundo lugar, se encuentran los empresarios, quienes a menudo ven en la sustitución de máquinas por trabajo humano la innovación más accesible. Un enfoque común es implementar automatización tipo plug-and-play: reemplazar cada tarea realizada por un humano con una máquina específica. Este método minimiza la necesidad de cambios estructurales significativos en los procesos empresariales, permitiendo pruebas simples como las de tipo A/B[xii] para medir mejoras en tareas concretas.

Dado que los costos laborales representan una de las principales partidas en los presupuestos empresariales, automatizar trabajos se convierte en una estrategia atractiva. Reducir costos, algo que puede coordinarse internamente, es frecuentemente más sencillo que expandir mercados. Además, muchos inversionistas prefieren modelos de negocio «escalables», una forma de describir negocios que pueden crecer sin contratar más personal ni enfrentar las complejidades asociadas a la gestión de recursos humanos.

Sin embargo, este enfoque tiene límites evidentes. Automatizar una tarea puede ser menos ambicioso y, a veces, más complejo de lo que parece. Para ilustrar esto, imaginemos un experimento mental: ¿qué habría pasado si Dédalo, hace 3,500 años, hubiera contado con un equipo de ingenieros capaces de construir máquinas humanoides que realizaran todas las tareas laborales de los antiguos griegos?

  • Cuidar ovejas: automatizado.
  • Hacer cerámica: automatizado.
  • Tejer túnicas: automatizado.
  • Reparar carros: automatizado.
  • Tratar enfermedades: automatizado.

Aunque esta automatización habría incrementado la productividad, los estándares de vida y la salud seguirían siendo limitados. Después de todo, hay un umbral para el valor que se puede extraer de carros y vasijas, incluso si son gratuitos. En contraste, la mayor parte del progreso económico desde la antigüedad proviene de la creación de nuevos bienes y servicios, no de versiones más baratas de los existentes. Esto requiere innovación, que a su vez demanda nuevas tareas. De hecho, el 60% de los empleos actuales pertenece a ocupaciones inexistentes en 1940[xiii]. En esencia, la automatización de trabajos libera menos valor que aumentarlos para crear algo nuevo.

Además, automatizar un trabajo completo suele ser extremadamente difícil. La mayoría de las ocupaciones incluyen múltiples tareas desafiantes de automatizar, incluso con las tecnologías más avanzadas. Por ejemplo, si bien la inteligencia artificial puede leer mamografías mejor que un radiólogo, no puede realizar las 26 tareas adicionales asociadas al trabajo, según O-NET[xiv], como consolar a un paciente o coordinar un plan de atención médica. Según estudios sobre aprendizaje automático, aunque las máquinas pueden contribuir en muchas tareas, no se ha encontrado ninguna ocupación entre las 950 analizadas donde puedan realizar el 100% de las tareas necesarias.

El mismo principio aplica a sistemas de producción más complejos, que involucran múltiples personas trabajando en conjunto. Para triunfar, las empresas deben integrar nuevas tecnologías dentro de sistemas organizacionales que se refuercen mutuamente. Consideremos otro experimento mental: si Jeff Bezos hubiera «automatizado» las librerías simplemente reemplazando a los cajeros humanos con robots, los costos habrían bajado ligeramente, pero el impacto habría sido limitado. En cambio, Amazon transformó el concepto de librería, combinando humanos y máquinas de forma innovadora. Como resultado, ofrece una selección masiva de productos, calificaciones, reseñas y acceso las 24 horas, revolucionando la experiencia de compra.

El verdadero poder de la tecnología no reside en sustituir el trabajo humano dentro de sistemas existentes, sino en reinventar y ampliar la forma en que las personas y las máquinas colaboran para crear valor.

En tercer lugar, los responsables de políticas han favorecido, en muchos casos, la automatización del trabajo humano sobre su aumento. Por ejemplo, el código fiscal de Estados Unidos incentiva la inversión en capital más que en trabajo, con tasas impositivas efectivas más altas para los ingresos laborales que para las inversiones en plantas y equipos.

Consideremos un experimento mental: dos empresas usan inteligencia artificial para generar mil millones de dólares en ganancias. La primera emplea a mil trabajadores y paga impuestos corporativos, de nómina e ingresos personales, mientras que sus empleados también contribuyen con impuestos sobre la renta y de seguridad social. La segunda empresa, al operar sin empleados, paga únicamente impuestos corporativos, resultando en una carga fiscal total significativamente menor. Este desequilibrio refleja un sistema que trata los ingresos laborales de manera menos favorable que los ingresos por capital.

En 1986, las tasas impositivas máximas sobre ingresos laborales y ganancias de capital se equipararon en Estados Unidos. Desde entonces, cambios sucesivos han creado una disparidad considerable: en 2021, la tasa marginal máxima sobre ingresos laborales era del 37%, mientras que las ganancias de capital a largo plazo se gravaban a solo el 20%, con reglas adicionales como el aplazamiento de impuestos y el «ajuste de base» que elimina impuestos sobre activos heredados. Este sistema no solo desincentiva el trabajo humano, sino que también fomenta la concentración de riqueza.

La primera regla de la política fiscal es clara: lo que se grava más, se produce menos. Un código fiscal que penaliza los ingresos laborales y favorece los ingresos por capital inclina la balanza hacia la automatización. Revertir este desequilibrio mediante incentivos más equilibrados promovería una prosperidad compartida. Por ejemplo, se podrían ampliar créditos fiscales para ingresos laborales, reconociendo las externalidades positivas de empleos bien remunerados.

Además, la política gubernamental debe abordar las barreras al reciclaje y formación de trabajadores en un mundo dominado por la inteligencia artificial. A medida que las empresas adoptan tecnologías avanzadas, el éxito depende no solo de las máquinas, sino también del capital humano. Por cada dólar invertido en aprendizaje automático, las empresas podrían necesitar gastar nueve en formación. Sin embargo, estas inversiones enfrentan un problema de externalidades: los beneficios de formar a un trabajador a menudo se trasladan a otros empleadores. Los trabajadores, por su parte, enfrentan restricciones financieras que limitan su capacidad de invertir en su desarrollo. Esto exige políticas públicas que ofrezcan formación directamente o incentivos para las empresas que inviertan en capacitación.

En resumen, los riesgos de la Trampa de Turing no son responsabilidad de un solo grupo, sino de los incentivos desalineados entre tecnólogos, empresarios y responsables de políticas públicas[xv].

El futuro no está escrito. Podemos elegir si la inteligencia artificial amplía las oportunidades humanas o simplemente reemplaza a los trabajadores. La primera opción, que combina humanos y máquinas, genera más riqueza y la distribuye mejor. La segunda opción, centrada en la automatización, corre el riesgo de concentrar el poder económico y político, dejando a una mayoría en desventaja.

La experiencia con el libre comercio ofrece una advertencia. Se prometió que la globalización aumentaría la riqueza y que las políticas redistributivas compensarían a los afectados; sin embargo, al final los beneficiarios del sistema incumplieron esa promesa. Como resultado, surgieron reacciones populistas que actualmente promueven barreras comerciales. Pero no sólo eso, la «modernización» de que fue objeto México en los últimos años no cumplió con la redistribución del poder y la riqueza generada, lo que alimentó los ánimos de revancha.

Hoy vemos dinámicas similares con la inteligencia artificial. Aunque crea nuevas oportunidades, también concentra riqueza en manos de unos pocos, dejando a muchos trabajadores en una posición precaria. Si no abordamos estos problemas, la tecnología podría alimentar resentimientos sociales y políticas destructivas.

La solución no está en frenar el avance tecnológico, sino en corregir los incentivos que promueven la automatización por encima del incremento. Debemos construir instituciones económicas y políticas que resistan el creciente poder de la inteligencia artificial y promuevan la inclusión. De este modo, podemos evitar la Trampa de Turing y crear un futuro próspero para todos.

EVITANDO LA «TECNOLOGÍA MEDIOCRE»


Los trabajadores han enfrentado interrupciones debido a nuevas tecnologías durante mucho tiempo, desde los tipógrafos que fueron reemplazados por procesos de impresión automatizados hasta los cajeros bancarios con la llegada de los cajeros automáticos. Históricamente, las nuevas tecnologías han conducido a una mayor productividad a medida que los trabajadores desplazados se trasladan a nuevas tareas: los tipógrafos podrían convertirse en diseñadores gráficos, mientras que los cajeros bancarios se enfocan en servicios bancarios más complejos.

Sin embargo, según los investigadores, la era actual de la automatización ha sido diferente. A medida que las nuevas tecnologías digitales se vuelven comunes, la productividad se ha estancado y los temores sobre el desempleo se han generalizado.

Según Daron Acemoglu (profesor del MIT) y Pascual Restrepo (profesor de la Universidad de Boston), parte del problema radica en lo que llaman «tecnologías mediocres»[xvi]: avances que interrumpen el empleo y desplazan a los trabajadores sin generar un gran aumento en la productividad o la calidad del servicio. Un ejemplo de esto son las cajas de autoservicio en supermercados o los servicios de atención al cliente automatizados por teléfono.

Las tecnologías de automatización, por su naturaleza y diseño, desplazan a los trabajadores de los trabajos que anteriormente realizaban; las tecnologías que reemplazan a los trabajadores mientras aumentan la productividad pueden ser dolorosas, pero al menos aportan valor. Las tecnologías mediocres ni siquiera logran eso; realmente ni mejoran la productividad ni reducen los costos. Por ejemplo, la decisión de Tesla de automatizar por completo su planta de ensamblaje en California condujo a retrasos y fallas, y Elon Musk tuvo que admitir que fue un error[xvii].

La automatización afecta al mercado laboral de maneras predecibles. La automatización reemplaza a los trabajadores en varias tareas que antes realizaban, lo que genera un efecto de desplazamiento. En muchos casos, sustituir máquinas por mano de obra humana conduce a una expansión económica y a una mayor demanda de trabajo en tareas no automatizadas, ya que disminuyen los costos de producción. A esto se le llama efecto de productividad.

En otros casos, las tecnologías complementan a los trabajadores humanos, ayudándolos a ser más productivos en sus tareas actuales. Por ejemplo, las herramientas de imágenes ayudan a los expertos médicos a realizar diagnósticos más rápidos y precisos.

Las tecnologías mediocres reemplazan a los trabajadores sin ofrecer beneficios significativos. Si todo lo que haces es automatizar algo que es deficiente, obtendrás un resultado deficiente.

Como señala un nuevo informe del MIT sobre el futuro del trabajo[xviii], las empresas tienen un papel que desempeñar para revertir esta tendencia y dar forma al futuro de los trabajadores, lo que incluye evitar las tecnologías mediocres. Las empresas deberían pensar en la fuerza laboral en su conjunto cuando introducen tecnologías. ¿Cómo avanzamos en la tecnología, pero también cómo la insertamos de manera inteligente en la fuerza laboral, y cómo llevamos a la fuerza laboral con nosotros?

El primer paso es comprender los factores que llevan a las empresas a adoptar tecnologías ineficaces en primer lugar. Existen cuatro razones principales por las cuales las empresas invierten en tecnologías mediocres.

1. Transferencia de costos a los consumidores. Algunas tecnologías mediocres transfieren costos de las empresas a los consumidores, como cuando los compradores en los supermercados tienen que registrar y empacar sus propias compras.

Otro ejemplo son los servicios automatizados de atención al cliente por teléfono. La mayoría de estos servicios automatizados no funcionan bien y no son populares entre los clientes. Las personas a menudo deben esperar o presionar la secuencia correcta de números para hablar con alguien que realmente pueda resolver el problema que están enfrentando. Sin embargo, empresas como las aerolíneas, que no enfrentan mucha competencia, continúan invirtiendo en este tipo de servicios, los cuales eliminan empleos de profesionales de atención al cliente. Los clientes no están diciendo: «Quiero usar más esta empresa porque tienen atención al cliente automatizada». Pero, las empresas siguen invirtiendo en estos sistemas porque reducen costos en cierta medida; sin embargo, debido a la baja calidad del servicio, la reducción de costos tampoco es tan significativa.

2. Ganancias menores. Las empresas invierten un millón de dólares en tecnología ligeramente productiva, pero podrían pagar la misma cantidad a los trabajadores. Tecnologías mediocres, como los quioscos de autoservicio en supermercados, pueden ser ligeramente productivas en el sentido de que no afectan negativamente los resultados financieros de la empresa, aunque desplacen a los trabajadores y no generen ganancias significativas.

Las empresas no están perdiendo dinero con los quioscos de autoservicio, pero cualquier mejora es mínima. Los quioscos de autoservicio son más lentos, los escáneres no funcionan muy bien y el sistema se bloquea todo el tiempo. Pero, las empresas no internalizan el costo social que generan al desplazar a los trabajadores.

3. Seguir la moda. En algunos casos, las empresas invierten en automatización porque han juzgado erróneamente su potencial. Hay mucho bombo publicitario, y ese bombo significa que las empresas están exagerando o sobreestimando los beneficios que obtendrán de algunas de estas tecnologías y, como resultado, están sobreautomatizando. Las primeras aplicaciones de la inteligencia artificial tienden a caer en una categoría de automatización por el simple hecho de automatizar, que aún no lleva a ganancias significativas en productividad.

4. Estrategia a largo plazo. Algunas empresas están dispuestas a invertir en tecnología que quizá no mejore sus resultados financieros ni su productividad en el corto plazo, con el objetivo de seguir una estrategia a largo plazo. Están diciendo: «Está bien, no vamos a obtener grandes beneficios en este momento, pero eso significa que vamos a recopilar mucha información», «Vamos a aprender haciendo, vamos a perfeccionar la tecnología. Y en 10 años estaremos por delante en el juego».

Para que la economía crezca, las empresas deben evitar la «tecnología mediocre» o mitigar su impacto. Existen dos formas principales de lograrlo:

En primer lugar, pensar fuera de lo convencional. Las empresas pueden evitar la «tecnología mediocre» optando por no seguir la mentalidad de rebaño hacia la automatización. Gran parte de la adopción excesiva de tecnología de automatización es parte de ese comportamiento de rebaño. Es lo que está «de moda».

Tomarse el tiempo para reflexionar sobre el impacto puede guiar a las empresas hacia tecnologías de mayor calidad y productividad. Por ejemplo, las empresas manufactureras alemanas que adoptaron robots industriales trabajaron arduamente para encontrar otras formas de utilizar a los trabajadores capacitados. «¿Cómo podemos encontrar otros trabajos para estos trabajadores dentro de la empresa para que no desperdiciemos su talento, su formación y su dedicación?» (claro el hecho de que en ese país exista algo parecido a una «economía social de mercado» ayuda a generar este tipo de pensamiento, pero eso es tema para otro ensayo).

En segundo lugar es necesario pensar más en los trabajadores. Una solución parece obvia, pero es difícil de implementar: las empresas deberían pensar en sus trabajadores tanto como lo hacen en sus resultados financieros o el valor para los accionistas.

«¿Cómo podemos cambiar los incentivos de la gestión para que su éxito y sus enormes salarios no sean solo una función del valor en el mercado de acciones de la empresa?». El valor de la empresa es un indicador muy útil, pero es un indicador muy, muy limitado. No tiene en cuenta muchos de estos aspectos. Ni siquiera considera las propuestas a largo plazo. Y ciertamente no considera el bienestar de los trabajadores, especialmente de los empleados a largo plazo de la empresa.

Este problema se extiende a un debate más amplio sobre el papel del gobierno, incluidas las políticas fiscales, educativas y tributarias. Eso podría requerir que revisemos nuestro enfoque fiscal en cuanto a la tributación y subsidios para diferentes tipos de maquinaria y actividades empresariales.

Implementar la automatización y evitar la «tecnología mediocre» requiere un pensamiento más amplio. Tener un enfoque más holístico sobre cómo podemos usar las nuevas plataformas tecnológicas para mejorar los modelos de negocio.

CONCLUSIÓN

La revolución de la inteligencia artificial (IA) ha capturado la imaginación de tecnólogos, empresarios y responsables políticos, prometiendo transformar economías enteras y redefinir el papel del trabajo humano. Sin embargo, el contraste entre las altas expectativas y la realidad actual revela que la adopción de esta tecnología enfrenta múltiples desafíos técnicos, organizacionales y sociales. Aunque existen avances puntuales que demuestran el potencial de la IA para optimizar procesos y generar innovación, su impacto global en términos de productividad y equidad económica sigue siendo limitado.  

La decisión entre utilizar la IA para ampliar las capacidades humanas o para reemplazarlas tendrá profundas implicaciones económicas, sociales y políticas. En un escenario centrado en la automatización, el poder económico y político podría concentrarse aún más en manos de unos pocos, generando desigualdades significativas y exacerbando tensiones sociales. Por el contrario, un enfoque en la ampliación de capacidades permitiría distribuir los beneficios de la tecnología de manera más equitativa, fortaleciendo tanto a los trabajadores como a las economías.  

Evitar la "Trampa de Turing" y el atractivo de las "tecnologías mediocres" requiere una acción coordinada entre los sectores público y privado. Es fundamental establecer incentivos que promuevan la creación de tecnologías que amplíen las oportunidades humanas, además de implementar políticas fiscales, educativas y regulatorias que favorezcan un desarrollo tecnológico inclusivo.  

La historia sugiere que las innovaciones realmente transformadoras requieren tiempo para materializar su potencial y que su impacto depende de cómo se integren en la sociedad. Si diseñamos sistemas económicos y políticos robustos que incluyan a la mayoría, podremos convertir la promesa de la IA en una realidad que genere prosperidad para todos. Este esfuerzo no solo será un desafío técnico, sino un imperativo moral para construir un futuro donde la tecnología complemente y eleve la condición humana.

↜↫↬

Notas:

i https://substack.com/@oneusefulthing

ii https://doi.org/10.48550/arXiv.2401.02843

iii https://www.bloomberglinea.com/mercados/las-grandes-tecnologicas-apuestan-por-la-inteligencia-artificial-deberia-hacerlo-usted/

iv https://www.ondacero.es/noticias/mundo/mcdonalds-cancela-inteligencia-artificial-autoservicio-detectar-fallos-muchos-pedidos_20240619667299748fd52100010fcf19.html

v HLAI significa Human-Level Artificial Intelligence o Inteligencia Artificial a Nivel Humano. Es un término utilizado en el ámbito de la inteligencia artificial para referirse a un sistema de IA que posee capacidades cognitivas equivalentes a las de un ser humano. Esto incluye habilidades como el razonamiento, la resolución de problemas, la comprensión del lenguaje, el aprendizaje y la adaptación a situaciones nuevas, entre otras.

vi https://es.wikipedia.org/wiki/Nils_John_Nilsson

vii https://moodle2023-24.ua.es/moodle/pluginfile.php/206315/mod_resource/content/18/tema/concepto_de_ia_y_tipos.html#:~:text=La%20IA%20d%C3%A9bil%20est%C3%A1%20dise%C3%B1ada,IA%20d%C3%A9bil%20simplemente%20sigue%20instrucciones.

viii https://www.bbva.com/es/la-participacion-del-trabajo-en-la-renta-nacional/

ix El concepto de «muertes por desesperación» (deaths of despair) fue introducido y desarrollado por los economistas Anne Case y Angus Deaton en sus investigaciones sobre las tendencias en mortalidad y bienestar en Estados Unidos. Case, A., & Deaton, A. (2015). "Rising morbidity and mortality in midlife among white non-Hispanic Americans in the 21st century." Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). Case, A., & Deaton, A. (2020). Deaths of Despair and the Future of Capitalism. Princeton University Press.

x La frase atribuida a Louis Dembitz Brandeis se ha utilizado ampliamente en debates sobre desigualdad económica, justicia social y democracia, aunque no se encuentra en un texto específico escrito directamente por él. Es probable que sea una interpretación o una paráfrasis de sus ideas. https://es.wikipedia.org/wiki/Louis_Brandeis. 

xi En su discurso al recibir el Premio Nobel, titulado "Modern Economic Growth: Findings and Reflections", Kuznets destaca la importancia del conocimiento útil para el crecimiento económico sostenido. Según él, la clave del progreso moderno está en la aplicación del conocimiento científico y técnico para resolver problemas económicos y sociales.

xii Las pruebas tipo A/B son un método de experimentación controlada utilizado comúnmente en marketing, desarrollo de productos y diseño web para comparar dos versiones de un elemento y determinar cuál funciona mejor en función de un objetivo específico. Este método también se conoce como pruebas divididas (split testing).

xiii https://www.linkedin.com/pulse/6-de-cada-10-empleos-exist%C3%ADan-hace-80-a%C3%B1os-courtney-mccolgan-ikmle/

xiv O-NET, Occupational Information Network, es una base de datos en línea gratuita que ofrece información detallada sobre las ocupaciones en los Estados Unidos. Es una herramienta desarrollada por el Departamento de Trabajo de los Estados Unidos para proporcionar datos actualizados y precisos sobre el mercado laboral, las habilidades necesarias y las características de diferentes trabajos.

xv La teoría económica de los incentivos estudia cómo los individuos, empresas y organizaciones responden a diferentes tipos de estímulos para tomar decisiones que maximizan sus beneficios o satisfacen sus objetivos. Es una rama de la economía que se centra en diseñar mecanismos que alineen los intereses de los participantes con los objetivos deseados por quien establece las reglas, como un gobierno, una empresa o un organismo regulador.

xvi Acemoglu, D., & Restrepo, P. (2020). "Tasks, Automation, and the Rise in US Wage Inequality." Econometrica.

xvii https://www.marketingdirecto.com/anunciantes-general/elon-musk-reconoce-que-la-excesiva-automatizacion-ralentizo-la-produccion-del-model-3

xviii https://www.technologyreview.es/s/13886/el-trabajo-del-futuro? Ver también: https://www.infosys.com/services/digital-workplace-services/nextatwork.html?utm_source=infosys_hub&utm_medium=main